Aún recuerdo el primer día que vi la Comet Eater. En Rapha Mallorca todos nos tomamos un pequeño descanso para recibir a la recién llegada.
La montamos con cuidado, pieza a pieza, aterrorizados con la idea de poder llegar a rayar algo tan bonito. No os voy a engañar, nos llevó un buen rato terminarla...
Una vez montada, la sacamos a la plaza para ver cómo se veía la pintura bajo el sol mallorquín. Y qué decir, un espectáculo. Los colores de la Comet brillaban con vida propia. No dejaron indiferente a nadie.
El diseño que los amigos de The Draft habían creado, en combinación con las ruedas, componentes y la geometría atrevida del acero, convertían a esta Comet en algo que no se ve todos los días. Ante mi tenía una bicicleta única. Una invitación a romper con lo establecido. En definitiva, una aventura de mucho cuidado.
Una vez superado mi miedo a rayar semejante belleza la empecé a sacar en las salidas de carretera del club. La bici venía en la caja con dos juegos de ruedas. Unas de gravel y otras de carretera, así podía usarla para las dos modalidades.
A la gente le flipaba. Y yo estaba encantado con ella. La encontraba súper cómoda y enseguida se convirtió en mi bicicleta oficial de ruta. Continué usando la Comet en nuestras salidas durante un buen tiempo. Hasta que un día, un compañero me dio un primer aviso...
“Miguel, es una bici de gravel ¿Cuándo la vas a ensuciar de barro, amigo?”